Cuando te miras y ves los años pasar – con tus fracasos y traumas, con tus pecados y heridas del alma, con tu falta de fe, con las ruinas de tu ser interior, con los restos de pensamientos y del corazón que han marcado tu vida – y comprendes cuántas veces te has arrepentido sin llegar, sin embargo, a realizar nada, te envuelve cierta tristeza. Esa tristeza puede aparecer también, de manera espontánea, a causa del egoísmo o del orgullo, porque deseas ser distinto, libre de pensamientos molestos y de fracasos.
Incontables deseos incumplidos pueden entristecernos. Es mejor caer en manos de los espíritus malvados, de las legiones demoníacas, que caer en la tristeza, pues la tristeza es difícil de superar. Por eso, permaneced vigilantes. Estad atentos para que la tristeza no os derribe. De otro modo, no se sabe si podréis soportarla. Aquí se encuentra la “trampa”: toda tristeza esconde una trampa. ¡Cuántos no han caído presa de los espíritus de la tristeza, que tienden sus redes por todas partes! Cuantos más hombres buscan con amor a Dios, tantas más trampas extiende el espíritu de la tristeza, en las que captura un número inmenso de almas. La tristeza se oculta detrás de la falsa humildad, del falso arrepentimiento, de las falsas experiencias del amor de Dios y de innumerables engaños más.
Así, la persona carente de discernimiento abraza todo esto, volviéndose por completo insensata. La tristeza tiene la capacidad de destruir la fuerza de una persona. No se detiene hasta paralizarte y dejarte totalmente impotente. La táctica más astuta del demonio es traer a la memoria las palabras del Señor: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. “No”, dice abba Isaías, “no os dejéis engañar”. Ese pensamiento es diabólico. No proviene del Señor. “La tristeza según Dios es alegría, pues te ves a ti mismo en la voluntad de Dios”, afirma abba Isaías.
Supongamos que hemos pecado como santa María de Egipto, que vivimos pasionalmente durante 47 años, y en este instante decimos: “He pecado, Señor, me levantaré”. ¿Cómo discernir si el espíritu de la tristeza está en mí? Si me concentro en el pecado, mis pensamientos se oscurecen. Pero si dirijo mi atención al arrepentimiento, significa que deseo cumplir la voluntad de Dios y siento de inmediato la alegría de saborear Su voluntad. En seguida me encuentro entre los puros, los inmaculados y los arrepentidos, en compañía de todos los Santos. No confundáis la tristeza diabólica con la tristeza divina. La tristeza según Dios es alegría, porque delante de ti ves a Dios, a quien anhela tu alma, y así el Señor Jesucristo reina en ti. ¡Ésta es la verdadera tristeza, agradable a Dios!
Gheronda Emilianos Simonopetrita – Fragmento extraído de una homilía.

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