La mayoría de las personas perciben a Dios como una Fuerza todopoderosa y, por eso, con mayor frecuencia se dirigen a Él en la desgracia y la aflicción, cuando sienten con especial claridad su impotencia, debilidad y soledad, cuando se derrumba toda esperanza de ayuda humana.
Otros perciben a Dios como Sabiduría y Bondad. Esta es la religión de quienes buscan el sentido de la existencia humana.
Y, finalmente, hay personas para quienes Dios es, ante todo, Belleza Inefable. La atracción por la Belleza divina, el ser cautivado por Ella, el embriagarse en Ella, constituyen el misterio del monacato.
El monacato es amor pleno hacia Dios. El monacato es nostalgia por el paraíso perdido y sed de la Belleza celestial. Para el monje, el monacato es la mayor alegría, no solo en la vida futura, sino también aquí, en la tierra. El monacato es el “Cantar de los cantares” resonando en el corazón; el alma cautivada por él cierra su oído a las melodías pasionales.
Pero cuanto más se aleja el monje del mundo y se acerca a Dios, más ama a las personas, aunque ya con un amor diferente: espiritual y luminoso.
Arhimandrita Rafael (Carelin)
