Un joven monje, en una conversación llena de amor, me dijo que en sus treinta años de vida nunca había ofendido a nadie. Yo lo miré, y mi alma se humilló hasta el polvo ante él.

Desde la infancia, su alma había amado al Señor, y al contemplar con su espíritu al Señor, no se atrevía a ofender a nadie; y por esto el Señor lo guardó del pecado.

Pienso que por personas como él, el Señor conserva el mundo, porque son tan agradables a Dios, y Dios siempre escucha a Sus siervos humildes, y a todos nos va bien gracias a sus oraciones.

¡Oh Señor! Concede que todos los hombres sean como este joven monje.
Todo el mundo se embellecería con gloria, porque la gracia de Dios habitaría abundantemente en él.

El Espíritu Santo da al alma el conocimiento del amor de Dios y del amor al prójimo. El Espíritu Santo enseña al alma la mansedumbre y la humildad, y ella descansa en Dios y olvida todas las amarguras de este mundo, porque el Espíritu Santo la consuela.

Las almas de los santos se unen al Espíritu Santo aún en la tierra.
Eso es el «Reino de Dios que está dentro de nosotros», como dice el Señor.

San Siluano del Athos

Por Vasilije

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