Dios reposa en los santos, en sus almas sencillas, humildes y modestas. Es un error pensar que solo los monjes y los ermitaños pueden llegar a ser santos. No, incluso los reyes pueden ser santos. Sobre el profeta David, que fue rey, vivió en un palacio, rodeado de oro y otras riquezas, Dios dio testimonio: «He hallado un hombre conforme a Mi corazón» (Hechos 13, 22). Sabemos que David, este siervo de Dios y profeta, cayó en la tentación y cometió graves pecados de adulterio y asesinato. Sin embargo, después ofreció un arrepentimiento profundísimo, y el Espíritu Santo halló descanso en su alma.
Cuando oigo las palabras «Tú que habitas entre los santos», ante mi vista interior desfilan una multitud de almas sencillas y humildes: aquellas con las que alguna vez me he encontrado en mi camino, y aquellas con las que convivo ahora en mi vida cotidiana. Son personas de todas las edades, rangos y condiciones: niños, ancianos, estudiantes, escolares, clérigos, laicos, monjes, pobres o ricos, cualquiera. Con su humildad, sencillez e inocencia, hacen descansar en sí mismos al Espíritu Santo de Dios. No desean ofender a nadie, no quieren actuar con injusticia hacia nadie, no quieren escuchar nada malo, y protegen su mente de la corrupción. Todo esto les ayuda a revelar en sí mismos la belleza de la naturaleza humana. El hombre manso y humilde de corazón es verdaderamente hermoso, porque se vuelve tal como Dios quiso que fuera el hombre, tal como el hombre salió de las manos del Creador: semejante a Dios. El hombre manso y humilde encuentra paz y alegría en su alma, y experimenta la libertad infinita que le concede el Espíritu Santo de Dios.
Metropolita Atanasio de Limassol
